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EL PENE DE LA GIOCONDA


En el cumpleaños de Julia, un festejo más de los tantos que se habían sumados a la finalización del año, un 28 de diciembre en el que me fue imposible prescindir de acompañarla, debido al empeño que siempre dispone para cada ocasión, logré mixturarme en un mitin, establecido, podría decirse y en forma exclusiva, gracias al inefable recogimiento con el que ofició de anfitrión José Luís, su marido. Aunque por momentos, sentí la necesidad de una excusa para justificar el empacho en vincularme, enajenado por un resfrío que me recluyó, a expensas de las prácticas que hice, en horas previas, para dominar conversaciones y comparecer sin riesgo al ridículo frente a un auditorio dispar y excesivo.
Incuso, llegué a considerar que debía retirarme y en especial, cuando al poco tiempo de comenzados los festejos, advertí la presencia de dos psicólogas. No se trataría de un hecho con importancia, salvo por las experiencias insípidas que tuve con la terapia, aunque siempre confié en la necesidad de comparar conductas y hurgar entre los rincones del inconciente, a fin de alternar la realidad con la sospecha de estar reconociéndonos.

Sin embargo, no es la valoración que pueda tener sobre la psicología lo que importa, sino la excentricidad con la que poco a poco, emergí a través de un escenario cautivo, por razones que deposité en los canapés de José Luís, pensando que contaban con una porción mágica y conducente hacia horizontes ignotos.

Por fortuna, cada tanto, conté con la presencia de un periodista que, acaso por contingencia, acudió a mí para sostener sus teorías, mientras que repliqué la deferencia, cada vez que expuse las mías. Pese a ello, fue un rumbo sin precedentes, tras el florecimiento de conversaciones arrebatadas (y no es descabellado el juicio), ante las que me impuse, considerar también, que la inoculación provendría del vino, pero comprobé que las botellas se abrían ahí mismo, frente a nosotros, y no pudo ser de otro modo ya que José Luís exhibió un fabulosos equipo para descorchar.

De repente, tal vez como la sorpresa de un relámpago, siendo presa del zumbido persistente en mis oídos y la congestión ardida de mis ojos, retuve en el azar un nombre; nada más ni nada menos que el del asesino alemán, acusado de matar civiles italianos en la Fosas Ardentinas, durante la segunda guerra mundial.
Fue una irrupción aligerada dentro de la consternación, aún, cuando ya se había conjeturado, por ejemplo, sobre cómo colocar rosas en un frasco con agua; sobre la Gioconda; sobre la veracidad del primer alunizaje y los posibles riesgos de otra guerra en el Medio Oriente, para justificar los desaciertos económicos que atenuaron los coeficientes capitalistas, produciendo una estampida en el sistema.
En todo caso, puedo destacar que me animé, profiriendo que los yanquis, nunca llegaron a la Luna, basando la teoría en las célebres manifestaciones del científico Stephen Hawking
.
Supuse que ese descuido, me valdría un reto aplastante, tanto del ingeniero como del químico, que estaban en la reunión; pero afortunadamente, disipé el exabrupto merced a la adhesión del periodista, que no sé si se sumó para ser concurrente o tras la búsqueda de alguna causa disidente con el poderío americano.

Luego de la indiscreción, acometieron postulados sobre las leyes universales, y me apunté otro poroto, ganándome el mote que identifica a los físicos oponentes, que buscan explicaciones sustentadas en la ética, frente a la universalidad fundada, acaso, en la mezquindad de la humanidad (o algo parecido), así lo explicó el químico, para que me hiciera de un espacio, a pesar del resfrío que me fagocitaba sin tregua.

Entre tanto y tanto, José Luis, como anfitrión perfecto, cubrió todos los huecos para que nadie se desalentara, y así como sirvió las copas y repuso las fuentes, se paseó desde el living hacia el cuarto, para encontrar en las enciclopedias, explicaciones científicas (cuanto menos), y cercanas a la realidad, con el fin de aseverar o echar por tierra, las tantas especulaciones lanzadas con frecuencias alarmantes, en la que apenas se podía opinar, pues no se alcanzaba a terminar con una que comenzaba la otra.

Julia se movió como un niño inquieto por el entusiasmo de los obsequios; antes de comenzar, se puso la blusa que le regaló una de las psicólogas, esposa del periodista; cambió las rosas, sacó fotografías, y mostró, aunque sin éxito (y no por el desinterés sino por el fluir trivial de temas inacabados), explicar el resultado obtenido con el grupo de gordos, al que asiste con una de las psicólogas y la médica cardióloga, que también formó parte de la magistral tertulia: un cúmulo abarrotado, que sumó, además de los mencionados, a un experto en humanidades (como se identificó José Luis), una docente, una nutricionista o sea Julia y un congestionado, es decir, yo.
La ponencia que se propuso Julia, tuvo un envoltorio de desolación, cuando presentó un cuadro que nos dejó boquiabiertos, en el que se aseguraba que cuarenta y tres gordos, habían bajado en un año, cuatrocientos noventa y nueve mil kilos. No salí del asombro y aún más, por las todavía tenues y disueltas en el cuchicheo tedioso, felicitaciones que infundieron algunos de los presentes.
Por suerte y para mi integridad, fui asistido otra vez por el periodista, quien primero dudó y luego, manifestó la urgencia en reemplazar el punto que dividía a las seis cifras, por una coman, para hallar veracidad en el descomunal número.
Pero no contentos con la desdicha de Julia, abundamos en alucinaciones, tras el bulímico enunciado que hizo el ingeniero (sin purga y rozando el límite de lo permitido hasta ese momento), sobre los resultados en una encuesta mundial, que reflejaba el país en el que los hombres tenían el pene más grande.
Si los casi quinientos mil kilos, reducidos por los pacientes de Julia fueron sorpresivos, nada se comparó con tamaña consideración, la que nos tuvo expectantes hasta conocer el resultado. Para mi gusto y creo que también para el del periodista, ese país no era Estados Unidos y para la decepción de algunas mujeres, tampoco fue uno africano, pese a la insistencia en asegurar que las potestades de semejante medición, eran inherentes y con exclusividad, a los hombres negros.

Llevábamos para entonces, una mezcla de disparates, que se adueñaron del festejo, tales como el distanciamiento producido en las parejas, cuando éstas tienen hijos, o la propia Gioconda, que se hizo presente una y otra vez, por razones enmarañadas. En un primer momento, el motivo fue su tamaño, luego de que el periodista asegurara que no superaba los veinte centímetros de alto, según lo había comprobado en el Museo Metropolitano de Nueva York; ello provocó la insistente búsqueda de José Luis, tanto en las enciclopedias como en el Internet, aún, cuando algunos aseguramos la exigua fidelidad de la información en el ciberespacio.
Luego, derivamos en la homosexualidad de la célebre estampa, profiriendo que se trataba del autorretrato de Leonardo o yendo más lejos, para afirmar la desviación del artista; aunque fue mínimo el improperio, cuando se avanzó hasta la supuesta mujer que se representa en la Última Cena en el lugar del apóstol Juan y las tantas teorías sobre la divinidad femenina, que motivaron en los últimos tiempos, las creencias sostenidas en los Caballeros del Temple y las más variadas incógnitas que la Iglesia no pudo resolver.
Una psicóloga explicó que el distanciamiento de las parejas, era semejante a lo sucedido con los perros y puso como ejemplo al suyo; afirmando que al tener cría, la hembra rechazó al macho cada vez que éste, quiso acercarse a los cachorros.
No pude creer lo que escuchaba y busqué consuelo en otra copa; tampoco pude fumar y ello, no sería sinónimo de escapatoria, aunque sí, me hubiera desembarazado de la tensión galopante.

Casi a las doce, José Luis sorprendió a los presentes con pizzas que lo excusaron de los comentarios sórdidos, pese a que contaba con nuestra simpatía por la atención impetuosa; sin embargo, supo hastiarnos con una fórmula engorrosa para convertir el peso argentino en moneda chilena, con el objeto de hacer compras efectivas en el país vecino.
Según dijo, a diez mil pesos, había que sumarle el diez por ciento, o sea mil, el total, debía dividirse en dos, es decir: cinco mil quinientos, para quitarles luego, dos ceros. Un resultado fácil (cincuenta y cinco pesos), y un problema que nos tomó por asalto, ignorando todos, si se trataba de pesos argentinos, chilenos o dólares. La impronta y el autoritarismo estoico de José Luis, no sirvieron más que para insistir en la fórmula, aunque nunca supimos de qué moneda se trataba.

Julia abrió otro regalo intrépido, que nos dejó en suspenso; una linterna para colocarse sobre la cabeza. Se puso la bincha y accionó la perilla para mostrar una luz enceguecedora, luego, probó las distintas alternativas, la luz roja, para la que también hubo consideraciones capciosas, la baliza; hasta que finalmente optó por el foco central, que rompió el ambiente con un haz penetrante en todo tipo de objeto.
De repente, tomó una de las botellas y se acomodó la mantilla de seda que le colgaba de los hombros; José Luis nos miró y dijo con movimientos de manos que debíamos acompañarla. Los acontecimientos fueron inverosímiles, pero ninguno de los presentes, se animó a cuestionar la orden.
El ingeniero, se incorporó colocándose un saco de hilo e instó a su mujer para que recogiera las cosas; el químico, pareció dudar, ya que cortó un trozo de torta y se sirvió champagne, aunque su esposa se había puesto de pié y estaba con la cartera en la mano.
El periodista me miró para preguntarme algo, en todo momento habíamos sido cómplices silenciosos, aún cuando lo acusé de exagerar (como lo hace siempre la prensa), luego de emitir su primera opinión sobre el colosal número de kilos que habían bajado los pacientes de Julia, pero me excusé, porque no pude decir nada. Cómo desatendería aquella indicación, Julia, es para mí como una madre postiza. Me predispuse igual que el resto; ella con la botella en mano, José Luis con un plato de canapés, el químico con la porción de torta y los demás, cada uno ensimismado, pero decididos, finalmente. Extraje del paquete un cigarrillo que encendería al abandonar el departamento y salí como lo hicieron todos.

La luz del pasillo no funcionaba y fuimos guiados por el haz virtuoso de la linterna que Julia llevaba sobre la cabeza; el ascensor tampoco estaba en uso, José Luis explicó que se trataba de la crisis: entre las doce de la noche y las seis de la mañana, las luces de los espacios comunes, que incluían los pasillos, el hall de entrada, las escaleras y el ascensor, se inutilizaban con el fin de ahorrar energía

Descendí la escalera angosta y barrenada, considerando el meritorio esfuerzo de Julia por guiarnos a través de esos catorce pisos interminables. Tuve la presunción de que caeríamos en cualquier momento y al mirar hacia atrás, me espantó la inmensa oscuridad, que nos perseguía como un fantasma; fue una profundidad impenetrable que me recordó el alunizaje del que tanto habíamos discutido y me pregunté otra vez si la ley de gravedad, sería una constante universal o una pretensión soberbia, similar a una nueva guerra, que nos cautivaría, televisión mediante, hasta que las economías trastabilladas retomaran su curso. Igualmente, no creí necesario decirlo en voz alta, no hubiera servido para cumplir con el plan propuesto.

Por fin, llegamos a la calle y tal como lo había anticipado José Luis, ésta, se hallaba totalmente a oscuras. Sentimos una especie de alivio al vernos protegidos por la linterna milagrosa, mientras caminamos convencidos de hallar el recinto macabro, donde se escondía el asesino nazi Erich Priebke.
Bastaron unos pasos, para dar con el sitio, un lugar oscuro, cubierto por mayor oscuridad; las paredes eran inmensamente anchas y sólidas, había cemento como para construir un edificio. Cuando ingresamos, los ruidos de la calle desaparecieron y alguien dijo que ahí no lo encontraríamos, fue una mujer, no la identifiqué; inmediatamente, el periodista (a él sí pude reconocerlo, porque lo escuchaba a diario en la radio), dijo que estaba cumpliendo la condena en Italia, José Luis agregó que bien merecido lo tenía; entonces, el ingeniero, preguntó si sabíamos cómo se llamaba ese lugar.
Julia dijo que se trataba de la cueva donde se había escondido, la médica opinó que era una tristeza que avergonzaba a la ciudad. El periodista, añadió que esa vergüenza, pertenecía exclusivamente a un pueblo pacato, dando por hecho que todos sabían de quién se trataba, a la vez que se silenciaron.
No pude opinar, porque recién estaba radicándome en el pueblo cuando la policía lo detuvo, sin embargo, encontré cierta similitud entre ese acontecimiento y otros, coincidentes con la calificación que hizo el hombre de la prensa.

De repente, el ingeniero, le pidió a Julia que iluminara hacia donde él estaba, para negar luego, cada uno de los comentarios en forma rotunda y sin dar oportunidad a las objeciones.
-No es una cueva- continuó, se llama Bunker… se pronuncia Banker- dijo, respaldado en un excelente conocimiento del idioma inglés.
-¡Yes!- contestó una de las psicólogas.

La cardióloga estaba alejada, pero eso no le impidió decir sin titubeos, que no le importaba cómo se llamaba ni cómo se pronunciaba, sino que le sobraba saber que era una reseña atroz de lo que no debería suceder.
El físico, preguntó con el estilo que mantuvo toda la noche, casi en silencio y en tono monótono, qué hacíamos ahí, si el asesino estaba en Italia.
Julia lo interrumpió, aclarando que no buscábamos al asesino. Fue como un paliativo, no pude corroborar las expresiones en la oscuridad, pero estoy seguro que todos mantuvimos la misma liviandad.
-Entonces, ¿qué buscamos?- preguntó el ingeniero.
Julia tomó nuevamente el mando y dijo con seguridad:
-¡Buscamos a la Gioconda!

Sentí iluminarme, y por un instante, omití la congestión, el malestar en los oídos, el efecto del alcohol, la ausencia de luz y las chapucerías que divagamos en toda la noche. Creo que los demás, disfrutaron del mismo atenuante, y la esperanza de encontrarnos, justo ese mismo día, con la maravillosa expresión que cautivó los tiempos, desde la genial existencia de Leonardo Da Vinci.
José Luis, le pidió a Julia que iluminara sus bolsillos, llevaba una campera larga hasta las rodillas, de esas con capucha, como las de los aviadores; extrajo una regla y la limpió de ambos lados, porque se había ensuciado con los canapés que guardó. Luego dijo que con eso podíamos lograrlo (refiriéndose a la regla).

-¡Claro!- contestó Julia, es cuestión de hallarla y después, saldremos de la duda.

Hasta el momento, a pesar de lo insistente que fue el periodista, sosteniendo que la Gioconda no tenía más de veinte centímetros y la discusión que produjo tal afirmación, desafiada por diversas opiniones y aún con los intentos de José Luis por esclarecer las dudas, no habíamos resuelto nada; conté con adhesiones cuando afirmé que estaba entre los sesenta centímetros de alto y los cuarenta de ancho: el físico, el ingeniero y José Luis, me apoyaron, pero no pude con el resto. A ello, debimos sumar más confusión, cuando el periodista relató que en el Museo de Nueva York, estaba exhibido junto con la Gioconda, el Guernica de Picasso.

Comprendí que nos hallábamos frente a una oportunidad histórica, imaginé una experiencia similar a la vivida cuando visité El Museo del Prado; estaría ahí mismo, en vivo y en directo, sin intermediarios de ningún tipo, comprobando la medida de tan magnífica obra.
De repente, Julia gritó entusiasmada que la había encontrado, las miradas, seguramente, fueron dispares, porque sólo ella podía saber en qué lugar estaba; pero en breve, todos confirmaron el hallazgo.
Al tiempo hice lo mismo y fue como cumplir con la fantasía, sintiéndome orgulloso de ser uno de los invitados, para beneficiarme con semejante agasajo.
Julia se acercó, José Luis dijo que no dirigiera la luz directamente hacia la tela porque la dañaría; el periodista agregó que no se hiciera problema, ya que estaba cubierta por una cápsula vidriada, justamente, para no ser afectada por la luz. En efecto, detectamos el reflejo del vidrio que la cubría como un manto.
Célebre, solemne, silenciosa como lo fue en todo momento y revestida de misticismo, echó por el suelo, cualquiera de las incógnitas que nos dominaron hasta ese momento.
Una de las psicólogas, dijo, tal vez, agotada: -Aquí estamos, midámosla y quitémonos la duda-
El periodista se adelantó y reconoció que era más grande de lo que pensaba, aunque no perdió protagonismo asegurando que no mucho más. El físico, me conmovió, llamándome por mi nombre, para afirmar que tuve razón y José Luis, no quiso ser menos, al agregar que él también había acertado en la medida.
Entonces, dije que no debíamos continuar con las elucubraciones y le pedí a Julia que utilizara la regla. Ella, se inclinó en la oscuridad que cubrió el espacio hasta donde las miradas alcanzaban, incluso, el que se había sumado por el reflejo vidriado.
-¿Qué estás haciendo?- preguntó José Luis.
-Busco el pene- respondió Julia.
-¿El pene?- preguntó una de las psicólogas.
-Sí, el pene- acusó el ingeniero.
-Es obvio- interrumpió el químico, como si quisiera brindarnos a todos, la calma necesaria para apaciguar los ímpetus del hallazgo.
-¿Obvio?- Insistió la psicóloga.
-Sí… es obvio; hemos llegado a este lugar para comprobar la homosexualidad de la Gioconda y dadas las circunstancias, no podríamos irnos sin llevarnos la confirmación-
-¿Pero, qué tiene que ver la homosexualidad con el tamaño del pene?- preguntó casi absorta, la otra psicóloga.
-Bueno, es que se ha hecho esa encuesta y ya que estamos, si además de encontrárselo, podemos medirlo, sería mejor- respondió el ingeniero.

Julia se movió inquieta alrededor del cuadro, José Luis, intentó en todo momento, solidarizarse con la búsqueda ante las miradas impávidas que aparecían de vez en cuando, con los movimientos aleatorios de la luz.
Una de las psicólogas dijo, escabulléndose de la situación, que Leonardo era el homosexual y no la Gioconda; yo, solté tenue pero con seguridad, que eso era una estupidez.
La otra psicóloga, dijo que no tanto, pues de confirmarlo, podríamos tener respuestas que la humanidad no encontró durante siglos.

Oí ruidos a cristales rotos; fue un estruendo, creí estar en un estallido de guerra. Las piernas comenzaron a temblarme y sentí frío, mezclado con la transpiración. La respiración se me redujo, pero no fue por la gripe sino por el temor que me estranguló el estómago.
Se encendió una luz roja y al mismo momento, se oyó una sirena. José Luis gritó enardecido: -¡La rompiste!

Hubo un silencio casi sepulcral, hasta que el químico, irrumpió con la particular imperturbabilidad, asegurando que se trataba de un desagradable suceso.
-¡Se cayó la Gioconda!- gritó una psicóloga, mientras alguien aclaró que debíamos huir del lugar.
El periodista, dijo que llegaría la policía. Julia se incorporó; la confusión hizo que nos golpeáramos por no saber hacia dónde ir.
Una vez que Julia logró reponerse, tomó la delantera para guiarnos hasta la salida, antes, el ingeniero dijo que no podíamos retirarnos sin tomar la medida del pene.
-No seas absurdo- lo retó su mujer, y todos lo miramos frenéticamente; sentí la intimidación como un aire denso. Julia tomó la delantera y los demás la seguimos, pero al llegar a los escalones que conducía hacia la calle, descubrimos las siluetas de dos uniformados
-¡Policía!- dijeron a coro.
Nos detuvimos de inmediato; el periodista frenó de golpe y lo embestí.
-¿Qué están haciendo?- preguntó uno de ellos.
-Sólo queríamos comprobar si la Gioconda tenía pene y cuánto mide- dijo el ingeniero, sin reparo.
Creí que acabábamos de comprarnos una entrada para el calabozo. Pero el policía, se limitó a acusarnos, por haber roto la obra.
-No rompimos el cuadro, se rompió el vidrio protector…- nos defendió José Luis.

Creí estar en un sueño, la angustia me recordó el resfrío. Sentí la pesadumbre del alcohol y una brisa dominante que me dejó la carne de gallina. Miré el reloj y comprobé que llevaba tres horas durmiendo en la parada del colectivo e inmerso en el asombro y con el policía que me pedía los documentos, ensayé alguna explicación para tan disparatados sucesos, hasta que encumbré la excusa, en ese veintiocho de diciembre que habíamos celebrado, acaso, en la plenitud de la inocencia.

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CUENTO


ENSAYO POR LA PAZ, SIN RESOLVER

No sé cómo adjetivan esto, me pregunto si no se trata de un abuso desmedido, pretender que se exprima la intelectualidad huérfana y despojada de toda heroicidad, al exigir nada más y nada menos que se curse alguna expresión sobre la paz. Habrá entre la historia, razón tan comprometida para manifestarse, sin caer en lo pacato, en lo melancólico o en las declaraciones ociosas de sentimientos excedidos por frases hechas, no lo creo.
La paz es como un pavo tras la vidriera; resplandeciente, deseable, apetitoso, fecundo. Copioso, ya que si nos resulta apetecible, deseamos luego las papas, las batatas, las ensaladas, el relleno, el vino que beberemos, y exagerando en la proliferación, podríamos incluir un majestuoso postre. Como se observa, un pavo exhibido en la vidriera, invita a la fecundidad.
Se encuentra cierta similitud entre la paz y ese pavo tan apetitoso y fértil que, por el único motivo que lo deseamos, es para triturarlo con los dientes; por lo tanto, es posible afirmar que pronunciarse sobre la paz, no es sencillo. Sin embargo, no es pretensión aferrarse a un discurso tenue, justificando que no se puede o que hacerlo, implicaría cruzar por una delgada línea, tanto como peligrosa; probablemente como las estratégicas de avanzadas, tal vez, como las de los campos minados.

Aunque lo destrocemos con las sofisticadas armas que hemos inventado -cuchillo y tenedor- no deja de ser atractivo, por supuesto, antes de la destrucción; luego, nos resulta indeseable, algo confuso, una mezcla indefinida de carne, papas, salsas y huesos, que deja la sensación de incertidumbre en platos y fuentes.

Pero qué novedad se descubre cuando un pavo, puede asimilarse con los brillantes discursos de los cándidos y reposados escenarios donde se dialoga sobre la paz. Oprime una lógica en la que al parecer, la paz debe relacionarse con la excelencia, la limpieza, el orden; son muy limpios sus rellenos, como los de un pavo. Difícilmente comeríamos un pavo cuyo relleno fuera de dudar; así se ven esos sitios, perfectos por fuera y por dentro, igualables a todo lo que se dice, nada envidiable a la exquisitez de un pavo en su fuente.
Si los pavos hablaran, detendrían nuestro paso para decir: -¡Eh usted!; ¿no me ve atractivo, limpio y deseable como para que ocupe su mesa?- Quizás eso u otras cosas; tal vez todo lo contrario, como: -no me destroce, o déjeme con mis hijos, o ayúdeme a sobrevivir-
Pero los pavos no hablan, entonces los discursos sobre la paz, podrían parecerse a lo que ellos dicen, o sea, nada. Aunque al estar exhibidos en esa apetitosa parafernalia gastronómica, bien se asemejan a las expresiones.
Observad de hecho, que no se dice escritos; parecería que es muy difícil escribir sobre la paz; sí hablar, por hacerlo hemos superado el exceso, pero se descubre que no es lo mismo hablar que escribir. ¿Será porque al enfrentarnos al lápiz podemos desnudarnos, dando cuenta del desparpajo?; ¿será que al escribir, quedaremos esclavos por los tiempos venideros? No se puede asegurar, pero si de paz se trata, más de un pavo quedaría destrozado y qué decimos: destrozado, destruido, desintegrado, huérfano, exhibido entre esos jugos del limón y la grasa, luego de la horneada.

También se dice que el destrozo no puede ser de cualquier modo, algunos aconsejan el centro, otros los costados; aunque por los lados tiene sus riesgos, ya que pierde la forma. Siempre es interesante saber cómo se destroza un pavo; hay para ello sabias argumentaciones que prefieren hacerlo por la izquierda y otras intimidantes que anteponen la derecha.
Pero no podríamos incomodarnos ensayando teorías, cuando atrapa la presumida interpretación, de comparar un pavo con la paz.
Podría decirse que suenan parecido, eso sí; tal vez, quienes hablan otros idiomas se confundieron y pudo ser entonces, el motivo que ocasionó tantas diferencias: nosotros hablando de paz y ellos pensando en destrozar un pavo. -¡Qué pavos!-

Se dice que se puede vivir en estado de paz, muchos lo afirman, tanto que las bibliotecas rebasan con sus pensamientos; otros murieron, parece increíble, muertos por la paz. Parecería que no hay paz sin muertes, sin destrucción, lo mismo que sin dinero. Algo similar a comerse un pavo; porque no hablamos de un pollo o un pato; se trata de un pavo, el plato más costoso, al menos en su categoría.
¿Quiénes tienen acceso a un pavo?... ¡Todos!; ¿acaso no es un ser de la naturaleza que nos alimenta?; ¿no es un integrante de la cadena que se fusiona amablemente, dando su vida para que prevalezcamos?...

De ninguna manera, no todos podemos comernos un pavo; hay quienes jamás lo harán. De hecho, para comer uno, es preciso contar con varios billetes, por ejemplo, para el relleno, las papas, el limón, las batatas, los aderezos, un buen vino. Sería un despropósito comer un pavo bebiendo uno de baja calidad, es redundante la afirmación, pero todos sabemos que los buenos vinos son costosos; me olvidaba del pavo, claro, y por supuesto un horno apropiado.
Por eso, podríamos asegurar, en este juego de similitudes, que la paz es un lujo, gastamos mucho por ella y más hablando.
¿Qué pasaría si esos gastos fueran destinados efectivamente para la paz?; es decir, que la pobre disfrute de semejantes beneficios; el ejemplo abunda, pero sería como afirmar que gastamos demasiado por el pavo y finalmente sólo disfrutamos nosotros, y el pobre ni se entera.
Y dadas estas paradojas, nos vemos en la extravagancia, profiriendo acerca de semejante trascendencia, comparándola con un pavo. Tal vez, si los sugestivos discursos en los encumbrados espacios que se montan en su nombre, fueran apenas comprensibles, resultaría más fácil encontrar palabras convenidas en una redacción ecuánime.

Con siete años y entre la ignorancia y la osadía, puse en un brete a mi padre, preguntándole sobre la paz. Digo osadía porque el pobre, igual que varios en este momento, no tenía una explicación que se acercara a cierta verdad.

- Cuando era niño, en el patio de mi abuela había un hormiguero de hormigas negras y grandes- dijo.
…A diario me sentaba viéndolas trabajar por horas, observando que el hormiguero era cada vez más extenso. Mi abuelo decía que la misma cantidad de hormigas que se veía en la superficie, era la del interior. Yo, solía fantasear con contarlas, creyendo que las podía pintar para tenerlas identificadas, pero me fue imposible.
Un día, encontré otro hoyo, no era tan grande como el primero, pero la tierra también estaba removida y parecía un hormiguero. Pensé en una salida, pero no, se trataba efectivamente de un nuevo hormiguero, y con hormigas coloradas.
Decidí quedarme para observar el movimiento de las dos razas; vi que los caminos se cruzaban y se golpeaban unas con otras al trasportar los alimentos. Las negras pasaban por encima de las rojas aunque éstas no perdían oportunidad de robarles la carga.
Fue una gran confusión y los caminos comenzaron a desviarse de las entradas, en círculos desordenados; algunas tomaban distintas direcciones, parecían perdidas; agudicé la vista y observé cómo se peleaba un pequeño grupo.
Era la misma cantidad de ambos bandos, por supuesto ganaron las más grandes, aunque en un costado, quince rojas tomaron por sorpresa a unas cinco negras y las destruyeron.

…Es difícil mirar hormigas en un jardín con pasto crecido, aunque descubrí que por todos lados había grupos de unas y otras muertas.
Lo que a diario era de admirar por los esfuerzos y el trabajo expresados con el más imperceptible detalle, se había convertido en un campo de batallas.

Se formó un consejo entre las negras, para determinar los pasos a seguir; sus fuerzas eran superiores individualmente, pero las rojas las duplicaban en cantidad. Una, opinó que el derecho lo tenían ellas pues estaban en el lugar antes que las rojas. Otra, anticipó que si el conflicto prosperaba, debían pedir ayuda a un organismo externo. La más vieja, propuso formar una comisión de defensa para atender el inconveniente.
Entre las rojas sucedió algo similar, instituyeron una comisión; para ellas el lugar era de todos y se aseguraron que no estaban sobre el otro hormiguero sino a un costado, opinando que las dos razas podían convivir con tranquilidad.
Mientras sesionaron, se sucedieron pequeños enfrentamientos, algunos cerca de los hormigueros y otros en lugares alejados.

Todo culminó con una gran reunión en la que ambos consejos se encontraron debajo de un pino enano que tenía mi abuela, y al acto se lo denominó: “El Tratado del Pino”. Duró mucho tiempo, porque no se ponían de acuerdo; eran varias y querían hablar a la vez. Una de las rojas dijo que si no se llegaba a una solución necesitarían acordar a través de un arbitraje que fuera neutral, las negras opinaron parecido. Así sucedió.

Tardaron en ponerse de acuerdo sobre el tercero en cuestión, hasta que finalmente decidieron convocar a una comisión de “bichos bolitas”. Llegaron miles de ellos y rodearon los dos hormigueros; algunos asistieron al encuentro entre los consejos, escucharon con atención las exposiciones y sugirieron constituir un comité de paz, el que deliberaría, para proponer las normas de una feliz convivencia, y a la vez, impondría los castigos si alguna hormiga faltara a lo convenido. Todos estuvieron de acuerdo.
Los “bolitas”, manifestaron que garantizarían la paz y ante el incumplimiento de cualquiera de las partes, entrarían en acción. Previo a finalizar, el jefe “bolita” solicitó colaboración para sus soldados, dado que al estar exigidos a velar por el tratado, desatenderían sus compromisos, de modo que requerían satisfacer sus necesidades básicas. Las rojas dijeron que por ellas no había problema, cederían un porcentaje de las recolecciones; las negras no fueron menos y acompañaron el ofrecimiento. En el jardín se organizó la paz.

Pero al día siguiente, no había dos caminos, sino tres; el de las negras, el de las rojas y el de los “bolitas”, que trasladaban lo que ambos grupos ofrecían. Unas negras comenzaron a quejarse porque se rompían el lomo trabajando para que los “bolitas” se llevaran un porcentaje sin hacer nada, otras respondieron que era el trato para vivir en paz.
Con el tiempo, los alimentos comenzaron a escasear, ya no poseían todo lo que juntaban y eso provocó molestares en ambos bandos y se produjeron disturbios en cada uno de los hormigueros.
Debieron reunirse los consejos, para considerar cada situación; manifestaron que no se podía convivir con los enfrentamientos, a la vez que minimizaron los hechos, asegurando que se trataba de grupúsculos de inadaptados.
El jefe de los “bolitas”, ofreció una solución, asegurando que su deber, era el de garantizar la paz y para ello, solicitó la colaboración de cada consejo. Éstos, absortos, se preguntaron en qué y de qué forma podían ayudar. El jefe dijo que pondrían orden en los caminos y en el interior de cada hormiguero, desarticulando los intentos de sublevación y cualquier atentado contra la paz. Los consejos aceptaron, pero naturalmente, el esfuerzo extra de los garantes, no fue gratis; pidieron aumentar la contribución, para costear los gastos que demandaba cumplir con la nueva responsabilidad.

Las negras estudiaron cómo obtener los recursos, las horas de trabajo se habían ampliado con el fin de cumplir el primer acuerdo; tenían por conducta la honradez, y temieron que por no pagar, fueran culpadas de atentar contra la paz.
Las rojas padecieron lo mismo, aunque contaban con mayores reservas para el invierno. Pero ambos grupos, al analizar los impedimentos que tenían, para pagar los impuestos, convocaron a los “bolitas” a fin de que les propusieran alguna solución.
Se reunieron nuevamente y acordaron un original mecanismo para conservar la paz. Fue sencillo, los “bolitas” pidieron autorización para actuar frente a cualquier infortunio contrario a lo acordado; a cambio, un ínfimo monto de los bienes destinados para los hospitales, fábricas, escuelas, hormigas viejas, hembras, pequeñas y diversos sectores de las organizaciones en los hormigueros, se cedería, con el objeto de preservar la tranquilidad.
Fue un buen trato; ambos consejos opinaron que esos bienes se podían manejar discretamente y al ser tantos los rubros, los porcentajes no incidirían en las economías, considerando que el fin lo exigía. Lograron vivir en paz.


Nunca comprendí a mi padre y menos con ese cuento, desde ya no terminó así. El tiempo de tranquilidad se debilitó y demandó la convocatoria de otros consejos, cuyas exigencias se centraron en la solución de los consecutivos conflictos. Los “bolitas” continuaron cobrando por sus gestiones y las hormigas sólo trabajaron para pagar la paz.
Los garantes, descubrieron la forma de mantener los disturbios para justificar su permanencia y cobrar así las exigidas tasas; se mezclaron las razas, fue imposible identificar responsables y los consejos debieron sesionar permanentemente.

Así como nunca entendí el cuento, jamás lo hice con la paz. Será por eso que me suena a pavo. Me atrevería a describir lo inverosímil que es expresarse en tal sentido.
Cuando mi padre preguntó si comprendí, dije que no, agregando una conclusión respaldada en la ingenuidad que me caracterizaba, para la que aseguré que la paz era como las hormigas.

-¡No seas pavo!- Acusó él.

Probablemente, por ello, traje a la mesa tan apetitoso animal.

-¡No seas pavo!... el cuento es un ejemplo, lo importante es lo que trabajaron las hormigas por tener paz- aseguró con pretendida pedagogía.

Pregunté entonces, esclavo de la inconsciencia, cuánto valía la paz, respondió que tanto como la vida. Eso me doblegó en una aflicción exagerada que me mantuvo en llantos durante varios días.

Pasados los años, ya en la adolescencia, descubrí dos hormigueros, también, de dos razas distintas y para no caer en la congoja e impacientarme por las dificultades que provocaría la paz, decidí facilitar la lucha de las hormigas, impidiendo que sufrieran por un destino irreversible. Rocié los huecos de la tierra con solvente y los incineré.

Llevo varios años preguntándome cuánto es lo que vale la paz y si ese valor es directamente proporcional al costo de nuestras vidas.
Creo que nunca podré saberlo, tal vez, como aseguró mi padre, no es tan importante el costo económico que podríamos invertir, como la voluntad que ofrezcamos para morir por ella, aunque confieso que morir por la paz, suena como la mayor insensatez que jamás conocí. Por ahora, mientras ensayo algún significado, me internaré en la cocina para preparar un exquisito pollo, que saborearé pavamente como si se tratara de un pavo; luego, dependiendo de lo que quede, veré si arribo a una conclusión para descubrir algo que se acerque a lo que en esencia podría significar la paz.

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CUENTO

MONÓLOGO DEL ESTÚPIDO QUE PERDIÓ LA HISTORIA


En la inquietud por hallar una historia y el hartazgo proveniente del desdén insufrible de la mezquindad cotidiana, todavía más vacía, postergada, potenciada en la ausencia; solapada en argumentaciones sórdidas y ultrajada en la levedad de las evidencias, me vi sentado a orillas de un lago, rodeado de arrogantes montañas acariciadas por lengüetadas de nieve, inquiriendo una historia. Confirmé entonces que no es sencillo encontrarse con una y a la vez, lo afortunados que son quienes las tienen, acaso, no los que transitan apenas y a veces accidentalmente, por ficciones rutinarias que redundan la opacidad de los sueños; sino los que se sirven de la exclusividad inigualable que puede trascender con miramiento, la inmolación rutinaria demandada para vivir.Una mujer, tomaba sol envuelta en un traje de baño perturbadoramente sexy; no estaba sola, la acompañaba una niña que sería la hija; una adolescente algo obesa, a decir verdad bastante, que contrastaba el traje de baño de su madre con uno horripilante y de varios colores, tal vez, de belleza individual, aunque horrendos al estar mezclados en ese enterizo que se encumbraba en la panza ensanchando las rayas con afán al atravesar el abdomen. Era pelirroja y bastante fea, por cierto.
No tengo nada contra las niñas pelirrojas y obesas que utilizan trajes de baño de colores mezclados de modo espeluznante; me cautivó la luminosidad de los tonos y pensé que podría hurgar tras ellos, en alguna historia; me ilusioné incluso con la madre, suponiendo que podía tener una.

La niña tendió su cuerpo sobre las piedras y utilizó una pelota naranja de plastibol, como almohada. Entonces, recordé esas pelotas y caí en la cuenta del tiempo que llevaba sin ver una. La plastibol, ocupaba un espacio entre las de goma y las de cuero; tuve una de ellas y también de goma. De inmediato, me incomodó la vigorosa sensación de ser el arquero de manos escaldadas, cual víctima de algún pelotón de fusilamiento, luego de detener el disparo indiscriminado con una pelota de goma. Tenían diversos tamaños identificados por un número, se llamaban “Pulpo”, eran rojas, con tonalidad terracota, rayadas por líneas verdes y azules, y en la unión de las dos semicircunferencias, llevaban un rombo en el que se podía leer la marca. Pero no fue la historia de la pelota la que me interesó, aunque tuve mis pesares por ellas.
Siempre quise una de cuero, pero mis padres nunca pudieron comprarla; lo sugerí con insistencia, cada vez que se acercó algún acontecimiento festivo, mi cumpleaños, la Navidad, la fiesta de los Reyes, el día del niño, pero jamás tuve éxito en la demanda.
En una oportunidad, una gran casa de ropa ofreció con cada compra, una pelota de cuero: ¡Dios estuvo de mi parte! y mis padres adquirieron la visión comercial que se necesitó para aplacar el reclamo. Nada me importó a la hora de elegir la prenda; todos mis pensamientos e ilusión, estuvieron puestos en esa pelota de cuero que me entregarían al final.
Así descubrí lo simple que es engañar a los niños; ahora que atravieso la madurez, tengo el remordimiento por los insultos y las injurias que proferí hacia el pobre fabricante de esas pelotas, probablemente, junto a tantos niños que como yo, nos vimos defraudados al recibir el balón.
No era de cuero, en rigor sí, de cuero, cuerina, gamuza... sus gajos no tenían el corte tradicional y su tamaño superaba ampliamente al normal. Parecía un globo; cuando la inflé por primera vez se ovaló y fui el hazmerreír entre los pibes del barrio. No tengo presente cuánto me duró, acaso un par de horas; no sé si la rompí o la boté hacia algún techo de las fábricas lindantes con el vecindario. Sí, recuerdo que me deshice rápidamente de ella.
Pero seguir pensando en pelotas, apremiado por la exigencia de una historia, me excomulgó por la desnudez atosigante que impidió cualquier ilusión, sugiriendo que no era el indicado. Preferí mirar hacia las montañas que aún conservaban la nieve primaveral, imaginando que entre la nieve y los árboles, encontraría una historia; una mía y tal vez única.

El sol, se reflejó por doquier en la ondulación del agua; el cielo vistió un celeste íntegro y las nubes desaparecieron, apenas unas pocas interrumpieron la homogeneidad en el horizonte, contorneadas por rigurosos cortes que entorpecieron el equilibrio. Podría pensarse que para buscar historias, los días soleados son los propicios, sin embargo, para mí no.
Hacia el otro lado, un joven corrió con una gaseosa bajo el brazo, detrás, se acercó una mujer, acompañada de un niño que la tomaba de la mano y junto a ambos, una anciana. Cuando pasaron cerca de la que tomaba sol, la miraron y sentí cómo incrustaron sus ojos, no supe en qué; en el traje de baño, en los glúteos, los pechos. También adiviné un comentario sórdido, parecido a: -¿viste el traje de baño de esa...?
A metros, en el estacionamiento, dos jóvenes se enredaron dentro de un automóvil con ejercicios amorosos de requerimientos apocalípticos, como si el mundo estuviera por perecer. Más adelante, estaba por comenzar un gran desafío futbolístico y deduje que los jugadores acababan de ejercer el rabioso derecho de fugarse de la escuela.

Pero el lago continuó calmo, igual que las montañas y la nieve; ninguna roca gigantesca se desprendió de los cerros para producir una catástrofe; ningún dragón alto como un edificio de membranas viscosas y cola en punta de flecha, que despedía un líquido verdoso para desintegrar toda existencia al paso, me ayudaron a tener una historia. Y fue el tercer día que me senté en el mismo lugar, mirando hacia cada dirección, para que nada de lo que me rodeaba me invitara a tener una.
Había dejado un paquete de cigarrillos, sepultado entre las piedras y una ramita clavada para indicar el sitio en el que me debía ubicar. Hallé el palito y el paquete; deseé encontrarme con la caja humedecida y convertida en nido de alimañas, o que al retirar las piedras, subiera un alacrán por mi brazo para quitármelo con valentía y entereza, procurándome con ello, una historia, pero no sucedió.

Un hombre se acercó al lago con una niña pequeña, ella tendría cuatro o cinco años; supuse, por la edad del hombre, que no sería el padre; era delgado, demasiado. Se parecía a mi viejo, antes de morir, solía usar las prendas sueltas y grandes. Fue a causa de la enfermedad que lo hizo bajar de peso abruptamente, y entonces, no sólo estaba flaco sino que lo parecía más. El pelo, y la forma de la nariz de ese hombre, también me recordaron a mi padre.
Una señora, le preguntó si tenía hora, el hombre dijo que no; yo tampoco y lo lamenté, pues de tenerla, podría saber en qué momento encontraría una historia. Pero no tenía reloj y de ello, sí era capaz de componer una historia, porque los tuve y en cantidad.
El primero que recordé fue uno todo negro, un Citizen, definitivamente negro. Se llamaba Black; Citizen Black porque black, es negro en inglés.
Negros el cuadrante, la correa y el marco; apenas tenía unas delgadas líneas doradas en las agujas y los números; mi padre dijo que era oro.
Los números eran romanos y tenía los doce; hago la aclaración porque algunos relojes sólo tienen sus números en los cuartos. Pero fue breve el tiempo que me duró ese reloj, el mismo día que me lo obsequiaron en apenas unas horas, lo perdí. Fue durante mi reunión del sábado por la tarde con los boy scouts; prisionero del llanto, intenté sin cansancio algún milagro que me permitiera encontrarlo, pero fue inútil.
Cuando pude comprar uno, lo hice en la tienda de cosas antiguas, era usado. Siempre pensé que el reloj hace a la personalidad de quien lo utiliza; no es que se adquiera personalidad con el reloj, pero sí se puede deducir cómo es la persona por el que usa. Para mí debía ser especial. No uno costoso ni tampoco de marca reconocida, aunque fue difícil hallar esas características entre los relojes económicos.
Un Girard Perregaux, magnífico; era de esos, de los que se podía deducir cualquier historia; la de mi abuelo que se lo habría heredado a mi padre, o la de un tío que lo recibió como condecoración por los servicios prestados quién sabe dónde. Sin embargo, no las creí y tampoco las conté; bastó con tener el reloj que quería y acompañaba aquello que suponía como mi personalidad. Tenía el cuadrante blanco, el marco dorado y también como el primero que perdí, los números romanos.
Entre ese y el negro, tuve otros, dos o tres, no recordé con exactitud, y luego otros más. El último, lo extravié en una historia; a decir verdad aún no lo es, pero podría, si uno las partes que poseo: un amigo, su mujer, un perro, un monasterio abandonado a seiscientos metros de altura sobre un lago y mi reloj. Pensé que en algún momento los convertiría en una historia, aunque me atacó el desacierto al recordar la ausencia de ese reloj. Era grande, tenía la correa de goma y su marca era reconocida. Las agujas y los números llevaban unos puntos fosforescentes para ver la hora en la oscuridad; nunca pude hacerlo, supongo que se debió a mi limitada visión; siempre detecté pequeños puntos luminosos que no supe qué querían decir. Decidí subir hasta ese monasterio acompañado por mi amigo, su mujer y el perro; fue un error, pero a pesar del frío y los ruidos fantasmales del sitio, que ocultaba las muertes misteriosas de varios monjes, logramos resistir, excepto el reloj. Durante los días siguientes, me embaucó la esperanza de recuperarlo, si regresaba al lugar, pero con el tiempo, sólo pude burlarme de la descabellada ilusión.
Más de quince relojes contabilicé en mi haber, y afirmé sin prejuicio que fue en mi haber habido ya que en ese momento, no tenía ninguno.


De repente, complaciendo la congoja, conquistó el paisaje una nave que aterrizó misteriosamente, provocando un escenario para el que no hallé explicación. Le dije nave, porque eso pareció; siempre se señala a las cosas por lo que se conoce y no encontré un nombre que se ajustara a lo que estaba viendo. Era grande y la rodeaban unas luces extrañas que se encendieron consecutivamente.
Me atacó el sueño, mezclándose con el miedo y algo de terror, cuando intuí que estaba haciéndome de la historia, pese a considerarme inepto para ser parte de una, cuya naturaleza se originaba en el aterrizaje repentino y descomunal; fue una entelequia garabateada en mi mente que dejó el desparpajo de la reticencia que siempre me contuvo, para abrirme hacia un destino intrigante y de augurios inciertos.
La nave se detuvo a trescientos metros de donde estaba, provocando una prodigiosa nube de polvo y haciendo que los rostros de quienes me rodeaban, se convirtieran en terror y confusión. El encuentro futbolístico se interrumpió y la abrumadora turbulencia, hizo que los jóvenes huyeran despavoridos.
La mujer que tomaba sol, llamó a su hija y le ordenó juntar las cosas. La niña recogió un bolso en el que introdujo la pelota, un pote de crema protectora y una toalla; se calzó y se puso una remera sobre el traje de baño coloreado.
Una puerta de la nave se abrió y durante unos segundos, permaneció de ese modo, mientras esperábamos algún movimiento profuso. El hombre parecido a mi padre, salió junto a la niña del agua y no tardó en calzarse para escapar como si lo estuvieran persiguiendo.
Detrás del aterrizaje, estaba la avenida que bordeaba la costa del lago, pero no hubo rastros de vehículos, lo que me hizo suponer que otra nave había aterrizado en la calle.

Interrumpí las elucubraciones con un fuerte rugido que me sobresaltó, igual que a las personas que estaban cerca. Pensé en otra nave y miré hacia el cielo, para comprobar luego, que estábamos a salvo, cuando vi pasar un automóvil destartalado, que infundió ruidos sin consideración.
Otra puerta se abrió y un ser escalofriante salió de ella. Sus formas parecían humanas pero sus colores y brillos, negaron rotundamente la apreciación. Detrás de él, apareció otro y otro más, en total fueron cinco.
El primero y el último portaban armas, eran oscuros, verdes o azules, no los identifiqué, sí, pude describir el reflejo del sol en todas sus partes; los de adelante eran bajos y los otros altos, no mucho, tanto como yo.
La mujer con el niño pequeño y la anciana, pasaron frente a mí, pero lo hicieron corriendo; al llegar al lugar donde estaban sus cosas, las recogieron y las guardaron en una bolsa, luego, abandonaron la playa rápidamente en dirección de la avenida. Sus rostros estaban abordados por el misterio y la desolación.
En el estacionamiento, el joven que demostraba ese amor incandescente, salió del vehículo y se apoyó sobre él para observar los sucesos, la muchacha permaneció en el interior, pero también miró hacia las naves, mientras encendió un cigarrillo. Yo hice lo mismo, era el último que tenía.
Al levantar la mirada, advertí que los seres avanzaban hacia nosotros con pasos firmes. Otro ruido estremecedor capturó la atención de los presentes, pero logramos aplacarnos al comprobar que se trataba de una motocicleta que súbitamente huyó, casi sin dejarse ver.

Comencé a reflexionar, imaginando que podría tener una historia de lo que estaba viendo y sería sin dudas, una poco común. Se trataba de un aterrizaje sorpresivo que nos dejó hundidos en el estupor, al ver esos seres extraños que descendieron de la nave, aún más extraña. Me dominaron las sensaciones que siempre me apremian al enfrentar una historia y comprendí que todos queremos tener una, pero pocos nos animamos a vivir con ella.
Pensé igualmente que la obtendría y me saturó el miedo, tras hechos que se presentaron en forma precipitada. No sabía qué harían los seres; la playa quedó desierta, apenas había unas personas, cuatro o cinco, incluyéndome.

De repente, un viento recio comenzó a soplar aunque no tan feroz como constante, también sonó persistente el golpe del agua al chocar con las rocas. Supuse que la nave habría ocasionado esos cambios. Detrás de ella, vi destellos que parecieron relámpagos, fueron explosiones. No quise decírmelo y desterré toda posibilidad de imaginar una… invasión ¿extraterrestre?. Pero no pude evitar las sospechas.
Me pregunté si serían de Marte; supe de investigaciones acerca de la existencia de vida en ese planeta. Pensé también que podrían ser de otra galaxia. Me incorporé y fui hacia... no sé hacia dónde; quise huir. Busque un árbol para ocultarme y así, observar el desencadenamiento; lo encontré, pero me vi frustrado, presumiendo que me hallarían de cualquier modo.

El cielo mutó hacia un amarillo mezclado con rojos intensos, fruto de la lluvia de algún producto que la nave esparció. Supuse también que se estaría diseminando algún virus, entonces rompí la manga de mi camisa para fabricar un barbijo. Temí por lo que pudiera suceder y maldecí frenéticamente, al descubrir que mi grabadora no tenía cinta.
-¡Que idiota!- me dije, ir en busca de historias, sin cinta para grabar. Debí recurrir a una lapicera que llevaba en el bolsillo, para describir con monosílabos lo que mi mano indecisa permitió.

De pronto, otras dos naves descendieron al unísono y quedaron cerca de la primera; inmediatamente salieron de ellas, otros seres iguales a los anteriores, se concentraron como si estuvieran hablando y caminaron en distintas direcciones. El viento se precipitó encolerizado y las luces de las naves brillaron con mayor intensidad.
Un ser me vio y algo le dijo a otro, ambos llevaban esas grandes armas. Un haz de luz esplendoroso se disparó y dio en el medio de un árbol que se hallaba en la orilla. Los fogonazos se incrementaron y los disparos fueron cuantiosos a través del vigoroso cañón. Me incorporé, dispuesto a enfrentarlos y a luchar por mi vida, resignándome al infortunio que logró abstraerme de la búsqueda que me ocupaba, para hacerme chocar con algo para lo que no estaba preparado, pero decidí desafiarlo.
Al oír sus pasos cercanos, abandoné del escondite.

Uno de ellos preguntó si me encontraba bien, creí relajarme; el otro se quitó la escafandra y observé que parecía humano; de hecho lo era, y también su compañero. Todos lo eran.
Me informaron que pertenecían al cuartel central de bomberos y se encontraban realizando un simulacro.
El escalofrío me inmovilizó y quedé sin palabras mientras los vi dirigirse hacia las otras personas que todavía se encontraban en la playa.
Caminé hacia las piedras y me senté sobre ellas frente al lago, me desvanecí. No supe si alegrarme por no morir en manos de los extraterrestres u odiarme otra vez por no tener una historia. Miré la soledad del inmenso paisaje que me recluyó entre los pensamientos, y rogué a la eternidad por una; pero no hablé, lo hice desde la profundidad de mi propio ser que había sido invadido y engañado nuevamente. De ese modo, quise llegar más lejos, más allá de las montañas, del lago. Nadie respondió.
Me sobrevino la angustia, dejándome en un letargo que produjo las ficciones de un caballero tras la cruzada de encontrar al amor perdido; de ese enorme dragón emergiendo con gritos aterradores y manotazos que desbastaban toda la ciudad; de las naves desconocida que aterrizaban con la intención de invadir el planeta. Pero no pude quedarme con ninguna, ni siquiera con la fantochada de imaginar una pasión desenfrenada a primera vista.

Caminé sin dirección, el frío abrazó la costa y el sol se ocultó lentamente tras los cerros, aunque parecía que no quería hacerlo. Imaginé sus rayos dando batalla sin descanso, para no perecer entre los contornos rocosos, a la vez que supuse, su cuerpo vencido, cayendo hacia el otro lado. Creí entonces que allí, podría tener una historia, la del otro lado; el oscuro del que muchos se valieron, el que permite encontrarse sin las ataduras que imponen las ausencias de fantasías; un lado que visitaría, siempre que tuviera asegurado el viaje de regreso para relatar, en todo caso, alguna la historia.

Me dirigí hacia la avenida cegado por la desilusión y advertí que no tenía la lapicera. Regresé hasta las piedras en las que me había sentado, busqué los montículos que pudieron dibujar mis piernas, caminé por los árboles que utilicé de escondite, pero no la hallé.
Entonces, miré hacia el horizonte y entre la frustración, recordé cada uno de los hechos mencionados y comencé a reírme con carcajadas insidiosas, pensando en lo estúpido que me veía buscando una lapicera, si en definitiva, no tenía la historia.

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LA CASA DONDE TAMBIÉN MORÍ

NOS ESTAMOS DERRITIENDO


Nacho y Hernán, tocaban y tocaban; un universo excepcional logró abstraerse para que sólo ellos, fueran los integrantes de un mundo al que la mayoría admirábamos o aborrecíamos, dependiendo de cada acontecimiento, aunque los de ese día, estuvieron arrebatados desde el primer momento.
No sería difícil, imaginar ahora, que los años decretan todo tan calmo, tan efímero y distante, que se trataba de una bravuconada para conquistar la atención de los espectadores, que finalmente no eran tantos, quienes muy de vez en cuando desataban al unísono, comentarios que parecen aún más viejos, para reverenciar la incansable excentricidad de dar pases cortos; ir y venir; subir y bajar; y gozar al adversario con la pelota adherida a los pies, deteniendo el mareo que rebasaba hasta la congoja, sólo con los consabidos goles, o al grito de “¡Auto!”.
En ciertas ocasiones debimos adelantar el anuncio para frenar las exhibiciones socarronas que nos destinaban hacia el hartazgo, cuando el vehículo, que ya había reducido la velocidad, todavía se encontraba a más de doscientos metros del campo de juego
El campo de juego no era otro más que la calle; por aquellos años, ya habíamos sufrido las evoluciones que afectaron no sólo la estética de nuestro estadio, sino las costumbres del barrio en su totalidad, el asfalto: cuadriláteros caprichosos, unidos por las imperfecciones de la brea, que servían únicamente para que los golpes se hicieran irascibles y la pelota rebotara con mayor imprudencia. Aunque no podíamos negar que teniendo la habilidad exigible, las paredes del cordón servían para armar juegos y triangular como si el tramo de cemento frío, ajeno, tosco, inservible y grosero, se convirtiera en otro jugador, para superar, al menos en una gambeta, al equipo contrario en la capacidad numérica. Desde luego, había que lograr el rebote, porque si el pase, excedía el escalón y se nos iba al lateral tus compañeros te insultaban y los contrincantes se reían.

La tarde fue vanidad y soberbia, reflejadas por los dos mocosos que demostraron impertinentes, su superioridad, ante los demás espectadores impávidos y prisioneros de una estacada desde la que sólo proferíamos injurias, maldiciendo en envidias secretas, no contar siquiera con un tercio de sus habilidades; para robársela y convertirnos, aunque más no sea por un insignificante instante, en los héroes de la cuadra.
Pero sin darnos cuenta, el sol calentó el suelo y la quietud fue consumiéndonos como si pisáramos brazas; el letargo aborrecible de la pasividad, permitió que algunos y en forma imperativa, fueran hasta la canilla que estaba en el zaguán de la casa de Ignacio, para mojarse la cabeza y tomar agua. Estuvimos desacostumbrados, foráneos, impropios; pareció que desde el “pan y queso”, se habían puesto de acuerdo en molestarnos, para alborozarse con sus hazañas y capitalizar así, las acotaciones del viejo sodero, que estaba sentado tomando mates como lo hacía todas las tardes, mientras nos veía jugar, o las de Don Ricardo, que cada tanto dejaba de cortar el pasto, atraído por las maravillas de las peripecias rapaces, las que motivaba a viva voz, como los había bautizado: ¡Morenito!; ¡Labrunita!

Del otro lado miraba inadvertida, Manuela, la abuela de Andrés, que sólo se ocupaba de las palabrotas, regañando siempre al pobre nieto, aunque en la mayoría de las veces, él no era el culpable. De vez en cuando, con la única intención de molestarlo, soltábamos algún , y la pobre vieja se zarandeara como si se estuviera electrocutando; tiraba el tejido hacia un lado y la revista de labores al otro, para gritar ¡Andrés..!, moviendo una mano en señal de amenaza. Y el pobre Andrés, apenas podía devolvernos la gentileza en la timidez y el silencio. Un día, debimos ayudarla, recogiendo el arroz que lanzó al aire, después de una fanfarronada que mortificó a la pobre anciana, para obligarla a mover insistente la mano en la que tenía la olla. La mirada de Manuela y los exabruptos del sodero, fueron suficientes para que nos obligáramos todos y sin pestañear, a juntar cada grano, que lavamos luego en un colador.

Más allá, estaba la casa de Hernán, donde se juntaban los grandes, los que tenían entre quince y diez y seis años. A veces, corríamos la cancha para teatralizar el juego y ganarnos algún halago; lo hacíamos siempre que el Valiant del abuelo de Ignacio no estuviera en la calle o cuando venían las chicas. Esa tarde, jugaban a la payana Susana y Eli en el zaguán, y Cecilia, estaba sentada en la cerca.

Siempre que elegíamos, iba uno para cada lado, pero Sebastián se adelantó para favorecerse con las estrellas y logró que estuvieran ambos, avariciosamente en su equipo, aunque sólo contó con la irritación y la impaciencia ya que no obtuvo un pase en todo el partido.
Pablo, no dejó de gritar, acosado por el aburrimiento, ordenando exasperado al resto que la pidieran, y a ellos, desconsolado, que la pasaran.
Gonzalo, atajó en nuestro arco y tampoco se cansó de injuriar; sobre todo, cada vez que debió buscarla después de los goles, para los que ya habíamos perdido la cuenta; estábamos algo así como catorce a cero, y Agustín, repitió la misma escena caprichosa de todas las tardes, se sentó en el cordón, cansado de reclamar, pero esa vez, más ofuscado y sumido en la rabia, porque nuestro equipo, era el que estaba perdiendo.

De repente, la incandescencia nos dominó y comenzamos a sudar presurosamente, como si estuviéramos en un horno, Agustín, todavía molesto, recordó la tintorería de Pablo y creo que fue lo más acertado que dijo, considerando las barbaridades que no paró de chillar hacia las estrellas que nos despojaron del juego.
Alguna vez, habíamos estado con el padre de Pablo, conociendo los secretos del planchado y me sobrevino la misma sofocación y el recuerdo de las gotas hirviendo que nos acribillaban la piel. Sin embargo, todas las comparaciones pasaron con vértigo, deliberadamente, tanto que las omití, al ver que la pelota se derritió, partiéndose al medio, una vez que Hernán dio un puntapié como para fusilar a Gonzalo; parte de ella, cayó para fundirse sin recelo con la estructura del cemento, la otra mitad, fue traspasada por el pié de Hernán que dio un gritó como si se le hubiera acercado un fósforo encendido sobre la piel. Fue un instante enardecido, que potenció la tórrida tarde con un fuego que nos declinó de todo lo que estábamos haciendo, para transformarnos en las víctimas de un colosal estremecimiento.

El sodero tomó un balde que contenía agua y se lo arrojó sobre la cabeza, pero no le fue suficiente, sin levantarse de la silla, estiró la mano hacia el interior de la casa y tomó un canasto con sifones que se vació sobre la camiseta agujereada y la pelada roja como un tomate, que parecía aún más fogosa.
Antes de que la pelota se desintegrara, alguien gritó “¡Auto!” y fue entonces que me percaté de que a cincuenta metros, se estaba derritiendo el DKW de don Mario, el almacenero de a la vuelta, que para el momento en que se hizo de un recipiente con agua, las ruedas ya integraban el asfalto, igual que el pedazo de pelota, a través de una descomposición aleatoria, que convirtió las formas naturales en un líquido gelatinoso, derritiéndolas como la manteca en el sartén.

Entonces advertí que todos se movían desesperados, apoyando un pie mientras levantaban el otro para evitar la incineración y yo estaba haciendo lo mismo; fue tan rápido que no alcancé a sentirlo, hasta que me miré las zapatillas que despedían un humo negro y espeso. Lo primero que se me ocurrió, fue tirarme sobre el césped de la vereda que daba a las vías, suponiendo que el lugar, estaría menos caliente, pero apenas lo hice, sentí el fuego de un modo escalofriante que me paralizó. Logré tirar de los cordones y con la ayuda de un pie sobre el otro, me deshice de las flechas azules que estaban transformadas en pantuflas desteñidas.
Las imágenes pasaron con sutileza, anulándome cualquiera de los otros sentidos; no pude escuchar los gritos, aunque supe que se infundían afanosamente, tampoco pude moverme, pese a estar retorciéndome por el calor enrarecido que me puso la carne de gallina.

La madre de Ignacio, se asomó por la ventana, y me desveló con sus gruñidos, permitiéndome aflorar de la pesadilla en la que estaba a punto de colapsar. Pude dar cuenta de un desvanecimiento estoico, brutal, desconsolador; la mujer, abrió la puerta y ésta se desdibujó, subyugada en esa mutación espesa, que derivó finalmente en un charco del color de la materia tergiversada.
Los demás, comenzaron a correr hacia todas las direcciones para escapar de lo que no tenía escapatoria. El sol se acercó y estaba sobre nuestras cabezas, su luz era más intensa y brillante, la que se multiplicaba en cada superficie para enceguecernos, siempre que no la derritiera como a un helado.
Al voltear, vi que la brea de las juntas, se dilataba como aceite; Gustavo corrió y sin querer pisó un charco que le desintegró la zapatilla y lo frenó como si lo enganchara un anzuelo; cayó de boca y se golpeó la nariz, aunque no le prestó importancia, se incorporó, y continuó apoyándose sólo con el pie que tenía calzado.

Los sifones de plástico que había vaciado el sodero, se derritieron y los de vidrio comenzaron a explotar, igual que los faroles de los vehículos que estaban estacionados y las ventanas de las casas.
Me crucé con algunas miradas, todas ellas absortas, que se movían como en otra dimensión, apabulladas por un zumbido estrepitoso y punzante que también padecí, y nos apartó de cualquier instante en el que pudiéramos excusarnos, para fugar de ese tormento mordaz y belicoso.

En nuestro arco, hacían de postes el buzo de Agustín y la remera de Julio que estaba jugando con el torso desnudo, de repente se incendiaron, simplemente desaparecieron. En el arco contrario había una piedra de un lado y un cajón de frutas del otro; la piedra se mantuvo, pero el cajón, se carbonizó; como sucedió con las ruedas de la bicicleta de María, que venía desde la otra esquina para traer no sé qué novedad, acaso, la misma que ya conocíamos; o los enanos del jardín de Don Ricardo que comenzaron a desvanecerse, a pesar de los intentos que hizo el pobre viejo, mientras los mojó insistente hasta que la manguera se le derritió entre las manos.

La línea del centro de la calle fue formando curvas y cada vez que me quité las gotas de transpiración de los ojos, que para el momento no eran gotas sino chorros, pareció que se convertía en un camino sinuoso en el que las casas aparecían o desaparecían luego de cada curva.
Cuando nos miramos en la estridencia, fuimos prisioneros de lo que haría el otro, como si esperáramos que alguien tuviera alguna mejor idea, para aprovecharnos de ella.
Las casas se desfiguraron, los techos cayeron como el chocolate espeso que rebalsa de una taza; el gato de Darío corrió dando gritos y saltando hasta un metro, cada vez que pisó las paredes que ardían recalcitrantes.
Quisimos caminar, pero fue imposible. El aire estaba denso como si no soportáramos nuestro propio peso.
Nacho gritó porque se quemó los dedos cuando quiso recoger el pedazo de pelota que se había fundido en el cemento, su madre lo reprendió, tomándose del marco de la ventana porque el piso del balcón estaba oscilando.
Hernán exclamó: ¡Es un terremoto!, Pablo asintió y se le sumó Darío, diciendo que luego de la sofocación, se abriría la calle y la tierra nos deglutiría. -Es cierto- exclamó Andrés… es cierto, lo vi en la tele.
Miré al sodero y se rió, y Don Ricardo movió la cabeza de lado a lado como si licenciara aquella ligereza, simplemente, porque provenía de un niño.

Sería la primera vez que estaría frente a un terremoto; lo más cercano que había experimentado, fue cuando se derrumbó parte de la calle que construyeron en la cuadra de mi casa. Ese día, conocí los gritos desgarradores y vi por primera la muerte.
Por momentos me sentí parte del estrépito pero a la vez, me silencié por la ausencia de alguna explicación, tanto que sin conocimiento, exclamé con los demás, cuando oímos la sirena de los bomberos, aunque supuse que nos rodeaba algo devastador e incalculable que no se resolvería con agua.

Oí más gritos e insultos que se propinaron sin decoro, miré hacia la casa de Andrés y su abuela estaba del lado de adentro intentando sostener la ventana que se derretía; fue entonces que escuché entre la confusión, una provocación parecida a: “El que no juega es un maricón…”, seguida de burlas y sonrisas arteras.

Desperté del sueño como nunca antes; como si de repente, en el mismo instante en el que la pelota pasaba la línea imaginaria del arco, todo cambiara y comenzara a ser distinto y normal.
Sentí la efervescencia de la pelada del sodero, en todo mi cuerpo, me miré los pies y tenía las flechas intactas pero me quemaban; parecía que los dedos se me habían agrandado y querían salirse. Tenía la piel entusiasta y ardiente, y a la vez, sentí un escalofrío.

La pelota estaba entera, de hecho pasó frente a mí y luego a un costado y al otro; también por detrás, fui conciente de ello pero no atiné siquiera, a seguirla con la mirada. Hubo movimientos acompañados de más gritos e improperios, junto al insistente “¡dale y dale!”, como si se tratara de mi última oportunidad para tomarme la vida.

Es que esa tarde, los dos mocosos, insolentes y mezquinos, se apoderaron del único balón que teníamos para jugar, pero también, esa misma tarde, quedé prisionero del beso que me dio Cecilia, cuando me entregó aquella primera carta de amor que me precipitó hacia el mundo que imaginé en apenas en un instante.
-¡Dejá a las mujeres!- gritó Gonzalo. -¡Jugá…!- exclamó otro -¡Dale boludo…!- acentuó Agustín…

Cómo dejarla; si pudo transformar lo que me rodeaba y hasta me hizo dudar del suelo en el que estaba pisando.
Los gritos fueron insistentes, pero no los consideré, hasta que guiñó uno de esos ojos resplandecientes que intimidaban, y entonces, sentí que se me autorizaba a regresar al campo de juego.
Rocé el ángulo del cordón y casi cayéndome, ingresé a la cancha; la pelota llegó por casualidad a mis pies, luego de un rebote en un pase malogrado que dio Hernán. La frené, vi a Nacho que se me venía como una topadora y lo esquivé, fue una hazaña; Gustavo estaba del otro lado abriendo los brazos insistente, para que se la diera, lo hice, avanzó tres pasos y se detuvo, Hernán ya estaba sobre él y Darío lo molestaba desde atrás, pero soltó un pase excelso, para lograr que la pelota esquivara seis piernas sin que ninguna pudiera hacer nada. Todo se dispuso para que llegara ante mi zurda, haciendo coincidir el mejor ángulo y la posición ideal.
No erré, fue gol; el gol de esa tarde maravillosa en la que pude traspasar mi propio mundo, el que gritó ella como si fuera la hincha fanática del equipo. El único que hicimos para no quedar zapateros y ganar así el honor.
Gustavo fue el primero en abrazarme, luego vino Agustín que se me subió en los hombros, sentí manotazos y golpes, el sodero aplaudió y Don Ricardo, asintió moviendo la cabeza, fui el héroe de la cuadra; pero entre la euforia, sólo me interesó esa sonrisa feliz y cómplice, que intentaba disimular al hablar con sus amigas.

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DEL LIBRO: LA CASA DONDE TAMBIÉN MORÍ Y OTROS CUENTOS


LA CASA DONDE TAMBIÉN MORÍ

Las habitaciones eran grandes y de una altura que daba la sensación de inmensidad, la que mucho tenía que ver en esos tiempos, con mi escasa talla de cinco años; estaban viejas, agotadas, amedrentadas por otra historia.
Siempre que las imaginé, me aprehendió la reminiscencia de luces insolentes que atravesaban las chapas podridas, en los tramos en los que el cielorraso de cartón, se había caído o estaba retorcido por las filtraciones. Ahora, esos techos se han bajado y aunque los cuartos siguen siendo inmensos, ya no me parecen tanto.

Entre los recuerdos, fui cautivo de los olores impregnados por doquier, que me trasladaron hacia la casa en cada momento y desde cualquier lugar, durante tantos años, instándome a evocar, acaso, lo que ha desaparecido sin que diera cuenta. Los espirales, ardiendo toda la noche, el kerosén, desagradable y aún más, cuando se mezclaba con la humedad, el encierro y los vahos de las humanidades que convivían en esas habitaciones. El cigarrillo, adherido a toda materia existente y en especial a los colchones: infelices espectadores y victimados tácitos por las quemaduras padecidas cada tanto, en algunos casos incendios, cuando los fumadores quedaban a merced del enajenamiento. No fui testigo de tan espantosas experiencias, lo supe porque lo escuché, aunque en ningún caso, hubo que lamentar fatalidades más que la zozobra y esa emanación rancia y vomitiva, propagada en todos los espacios por el resto de los tiempos.


En la habitación que daba a la calle, moraba día y noche el tío Laucha; tanto mantuve ese mote que no recuerdo su nombre; tampoco pude conservar de él, más que las borracheras en las que se perdía, en cualquier esquinas del barrio.
De niños, teníamos prohibido el ingreso a ese cuarto, quizás, por el riesgo de encontrarnos con la inmundicia suficiente para invocar la dejadez, y licenciar como saldo, una vergüenza inadmisible que nuestros padres no sabían explicar.
No tenía luz, es ahora imposible saber la razón, ya que el resto de la casa sí se hallaba iluminada, y aquél aroma pretérito de las velas derretidas, también me trasladó, en los años siguientes, hacia ese cuarto contaminado para ser prisionero, en el recuerdo, de esos días despreocupados en los que conocí la agonía de la soledad.

Una tarde, haciendo honor a la impertinencia, para romper con la disciplina impuesta, ingresé a la habitación con el fin de convencerme de la desidia. Supe por mis primos que en un ropero, el tío guardaba golosinas que vendía a la salida de la cancha y me embargó la idea de encontrarme con todas ellas. Caminé sigiloso para evitar que las tablas resecas, alertaran a la abuela que dormía en el cuarto contiguo; abrí el mueble y ahí estaban: caramelos, pastillas, alfajores, sacos con garrapiñadas, chupetines, maíz tostado, semillas de girasol; tantos como no pude imaginar.
Pero no sé qué sensaciones me abordaron, probablemente miedo, acaso pena, no me animé a robar ningún paquete. Tal vez, supe y por casualidad, que le estaba infundiendo mayores daños al tío.
En el interior del ropero, encontré unas fotos donde se lo veía con sus compañeros, vistiendo el uniforme del servicio militar. Nunca lo memoricé así, y supongo que hubiera jurado que nació tal y como lo conocí; me fue imposible establecer otra imagen, ya que poco después murió y ahora, salvo por lo que adivino de esas fotografías, que todavía se encuentran en la casa, sólo recuerdo sus pasos inciertos, la mirada perdida y una sonrisa astuta para esconder la orfandad eterna, que me conmovieron en cada momento de esos días, sin saber por qué.

No hallé más que esas fotos para justificar mi permanencia en el lugar, la cama se encontraba deshecha y no sólo por el desorden; pensé que sería mejor dormir en el suelo. Era doble, tenía un hundimiento irremediable tanto en el colchón como en el elástico, zafado en la mayoría de los tensores; ese colchón era de lana, lo supe por los rulos blancos que asomaban en todos los lados, los descocidos, los rotos y los quemados.
Un Cristo de plástico que tenía entrecruzado un ramo de olivos, cuyos años duplicaban los míos y la foto en sepia con los rostros de los abuelos, rompían la simetría del abandono en las paredes descascaradas, sucias y desmembradas por la humedad irreversible.
La mesa de luz, parecía atestiguar también, la tortura de los cigarrillos apagados en su madera, a través de las marcas obscenas que impacientaban con agresividad sus formas naturales, igual que las diversas fantasías, incorporadas a toda su extensión, provenientes de lo que alguna vez fueron velas.
En el interior de la mesa había un par de zapatos, tres alpargatas, una damajuana a medio consumir, dos botellas de vino “Toro” y cientos de paquetes de velas, marca “Rancheras”, algunos vacíos, otros cerrados y un montón abiertos y consumidos en partes.
Los vidrios de las ventanas estaban rotos y reemplazados con cartones y diarios, y los postigos cerrados en la totalidad del día.
Del techo, caían hilos rígidos de la luz que lograba atravesar la chapa para detectar millones de partículas suspendidas en la densidad del ambiente, con olor a encierro y alcohol.
Vi a mis primos jugar en la higuera del jardín que separaba la casa de la calle, y lloré por mi tío sin discernir, jurando que jamás ingresaría a su habitación, y en efecto, nunca más lo hice.


El resto de la casa, no se destacaba por mayores pretensiones, algún olor menos o una refacción que en el mejor de los casos pudo concluirse. Los cuartos, se encontraban comunicados entre sí, a través de puertas internas y se unían en el exterior por una galería que comenzaba en el jardín y terminaba en la cocina vieja.
Tampoco puede comprender en ese tiempo, la existencia de una cocina vieja y menos, la de dos cocinas en una casa; aunque la vieja, no era más que un reducto lleno de basura, bicicletas irrecuperables y todo tipo de inanición, depositadas del modo que le daba la gana a quien lo hacía.
La cocina vieja, carecía de una gran parte del techo, pero contaba con roedores, arañas, cuchas en desuso; y alguna vez, sirvió como resguardo para la crianza de conejos.

La galería era el lugar donde jugábamos, preferentemente al fútbol, aunque en horarios determinados, ya que durante la siesta, por ejemplo, lo teníamos totalmente prohibido; también, se asociaba en esa perturbación solidaria con el resto de la casa, padeciendo la humedad en todos sus sectores, por el techo deteriorado.

Yo prefería la lluvia, y sobre todo las de verano, aunque dejaran para el resto del día, ese ambiente caldoso que quitaba toda vitalidad y energía para hacer cualquier cosa.
Se olía de un modo especial que mi abuela llamaba olor a tierra mojada. Con la lluvia, no podíamos jugar en la calle y debajo de la galería también nos mojábamos; en las habitaciones lo teníamos prohibido, aunque la dejadez y el rechazo que me ocasionaban, me quitaban las ganas de permanecer en ellas.
Puedo deducir en la distancia y cautivo de una presunción endeble, sostenida a través de los años que me separan de aquéllos días, que era feliz con la lluvia, me gustaba caminar por la calle, y lo hacía hasta que los retos de mi madre, a veces, rematados con una paliza, se llevaban el encanto.

Pegado a la cocina vieja, se hallaba la que denominábamos nueva; un lugar que congregaba a toda la familia en la mayoría de las horas. Desde muy temprano, se ponía la pava para el mate sobre un aparato para cocinar a leña y salvo raras excepciones, la infusión permanecía durante el resto de la jornada. Había una mesa que todavía continúa siendo de utilidad y en esos tiempos, ya tenía unos cuantos años. Sobre una de las paredes, estaba el aparador que guardaba todo tipo de menesteres: platos, ollas, vasos, tazas, alimentos, la comida para las gallinas, los útiles escolares; las velas para cuando se cortaba la luz; botellas de vino -algunas vacías- que servían para comprar leche suelta, aceite o untura blanca, un líquido lechoso con olor a alcanfor que se nos frotaba en el pecho y la espalda cuando estábamos engripados.
Del otro lado, había una pequeña ventana y una puerta que conducía hacia el fondo de la casa, donde se encontraban el baño, la quinta y el gallinero. Al pasar esa puerta, tras sortear dos escalones, estaban los barriles de chapa que contenían el kerosén para los calentadores.

La muerte que me rodea, es igual al perecimiento de estas cosas, que sólo viven en mis recuerdos para trasladarme caprichosamente, hacia los miedos de aquellos días, los que se esgrimen con lágrimas clandestinas, empeñados en contrarrestar las fugaces imágenes de los pastelillos que cocinaba la abuela o las compulsas que debía enfrentar con mis primos, para agenciarme una pata de gallina, cuando comíamos puchero. Acaso será irremediable que desvanezcan a través del tiempo, para comprobar que la pérdida, también contribuye con mi desaparición.

El baño, era otro sitio infesto al que le rehusaba, siempre que no padeciera causas de fuerza mayor. Una vez, estuve cuatro días sin hacer mis necesidades, lo que provocó un daño que debió resolverse en el hospital. El baño, no tenía luz, era frío y húmedo. La ducha, no era más que un caño que largaba un chorro grueso y helado, y para asearse, había llenar un recipiente con agua, lo mismo que para limpiar el inodoro.

Todas las mañanas, el tío Hugo, calentaba agua para afeitarse en un jarro de aluminio gastado y machucado por los años, al encontrar hoy, ese mismo cacharro, me atrapa el estúpido sentimiento de heroicidad, en el que imagino haber dominado las sentencias del tiempo, para atravesar la historia sin más esfuerzo que el de mirar lo que tengo alrededor.
El tío, se sentaba a la mesa para cumplir la rutina de apoyar un espejo circular de marco plástico, sobre una vieja radio que transmitía las noticias de la emisora nacional. Ese espejo, un pote de vidrio con la pasta marca “Gillette”, la brocha, el jarro y la navaja, también formaban parte del aparador multiuso, lo mismo que la crema “Glostora” que utilizaba para que el pelo mantuviera formas onduladas.
Me sentaba con él, para no perder cada detalle, hasta que distraía mi recogimiento, mirándome de reojo y emitiendo siempre un mismo comentario, que parecía una orden: -aprendé-. Aprendí, debo reconocerlo, aunque afeitarme, no es un hecho que trascienda mis expectativas de estos días, en todo caso, prefiero no hacerlo.

La pestilencia del baño, se propagaba por su cercanía con el gallinero, convirtiendo esa zona en un sector de emanaciones nocivas para cualquier humano. Aunque apestaba, sobre todo en verano, cuando el calor y la humedad formaban un componente denso que parecía impenetrable. El recorrido hacia el baño, era un sendero que atravesaba las plantas de ciruelas, duraznos y damascos a un lado y la huerta con lechugas, tomates y zapallos de calabaza, del otro. Desde el centro del sendero, salía otro camino hacia el gallinero, un alambrado sostenido con postes y techo de chapas, cartón, una puerta inservible y cualquier cosa que en ese tiempo se descartara.
También, en ese momento, tuve la sensación de que era otro lugar inmenso. Hoy, el gallinero ya no está y supongo que no era más que un pequeño espacio desdibujado en todas sus formas; tampoco están los frutales ni la huerta.

El fondo, así llamábamos a ese lugar que comprendía el baño, la huerta, los frutales y el gallinero, era otro sitio prohibido para los juegos y en especial, el de la pelota. La rotura de alguna planta motivaba castigos inclementes y discusiones inacabables, en las que la abuela defendía al castigado; la tía María explicaba las razones de infundir la condena; el tío Hugo la aplicaba; el tío Laucha pedía calma, ajeno a toda realidad; y mi madre, trataba de ¡Bestia! al tío Hugo, siempre que la sentencia no cayera sobre mi persona, en cuyo caso, ella era el verdugo que ajusticiaba sin piedad.
Sin embargo, fueron pocas las veces que me vi envuelto en tales disturbios ya que visitaba la casa cada tanto y salvo particulares acontecimientos, no permanecía en ella por más de dos o tres días; no obstante, todavía me ensordecen las recomendaciones de mi madre, que repetía hasta el hartazgo, durante el trayecto que nos distanciaba desde mi casa hasta la de la abuela, las que culminaban siempre con la amenazadora aserción que nunca se ahorraba: -“ya sabés como es tu tío…”-


A la hora de la siesta, solíamos escaparnos, para ir hacia el cruce del ferrocarril, que se encontraba a seis cuadras de la casa y depositar monedas sobre las vías, con el fin de competir por la que quedara más chata, una vez que el tren pasara sobre ellas.
Fue otro juego prohibido, desde que mi primo Fabián no pudo contener la emoción y mostró su moneda en cuanto llegamos a la casa. Fuimos penitenciados durante dos semanas y el divertimento, vedado por el resto de nuestros días. Mi madre nunca supo que yo formaba tan intrépido grupo, a pesar de tener entre mis manos, la mayoría de las veces, las monedas más achatadas.
Pero nada impidió que siguiéramos apostando, mientras proferíamos vívidos enunciados acerca de las numerosas técnicas para conquistar los mejores resultados. Cada excursión, la hacíamos con los niños vecinos y todos teníamos algo que decir, mientras esperábamos el tren; los más osados, vociferaban teorías respecto de posibles descarrilamientos.
Algunas veces, Santiago, el mayor de todos, hacía de cuidador, retándonos si nos extralimitábamos al acercarnos a las vías, aunque el cuidado se debilitaba con derivaciones inverosímiles, cuando pretendía conquistar a las chicas, cada vez que nos acompañaban. Entonces, yo tenía seis años, las chicas once y doce, igual que el resto, y Santiago trece. Cuando ellas no estaban, después de que pasara el tren, el gran desafío era orinar entre los yuyos para competir por quién tenía su masculinidad más grande. Santiago era el mayor en edad pero no el más afortunado; Mauricio, el hijo del almacenero, nos dejaba a todos boquiabiertos cuando extraía un instrumento titánico con el que pasábamos vergüenza.

Esas salidas, fueron como un consuelo para las angustias que dominaban la casa, ya que disponíamos de mil formas para divertirnos, hasta regresar; pero debimos abandonarlo abruptamente.
Una tarde, Santiago apostó nuestras monedas, asegurando que se podía subir al tren, cuando llegaba al parque y todavía mantenía la velocidad, para viajar hasta el cruce donde estaba la estación.
Todos confiamos en la hazaña y las mujeres lo alentaron, el entusiasmo y la insensatez, nos sometieron, bajo una condena que nos haría recordar el juego durante toda la vida.
Encontramos los escondites detrás de los Eucaliptos, alguien gritó que lo vio subir, estábamos a quinientos metros. De repente, el tren se detuvo, oímos el silbatazo como nunca antes. El chillido de las ruedas apabulló nuestros corazones, el guarda y otros hombres descendieron y detrás de ellos, lo hizo el maquinista.
Todos nos miramos inquietos y ceñidos en el terror, mis primas lloraron, las hermanas de Santiago gritaron desesperadas. Pablo, nuestro vecino de la casa contigua, saltó del árbol y comenzó a correr hacia el tren; todos lo seguimos, luego, oímos las sirenas de los bomberos.
Nunca más estuvo Santiago y jamás volvimos a las vías. Fui prisionero de la tristeza colectiva, aunque tuve el aliciente de la lejanía; desde ese accidente, dejamos de frecuentar la casa de la abuela y al poco tiempo, nos trasladamos con mi madre hacia Buenos Aires; desde ese día, conocí el sabor de lo absurdo.



De la abuela, conservo apenas la blancura de su cabellera, un andar imponente y la hegemonía sobre todo lo sucedido. Con el tiempo, cedió el mando que recayó en el tío Hugo, pero hasta sus últimos días, fue quien siempre tuvo la palabra definitiva. También, una vaguedad confundida que me ha dejado la estampa prevaleciente del día de su muerte, en una tarde lluviosa de aquéllos, mis insignificantes seis años y que se entremezcla con las noches de sonidos urdidos, en las que le hice compañía, mientras escuchaba el programa radial de los tangos.
Se acercaba una lámpara de querosén que colgaba de la pared, para iluminar el tejido y cuando todos se habían dormido, me levantaba para sentarme junto a ella y llenarla de preguntas que no podía responder.

El día de su muerte, los adultos se fueron y nos quedamos solos entre gotas de lluvia y lágrimas que no pudimos esclarecer. No supe por qué debía llorar, quizás, pueda ahora apropiarme de alguna idea, pero en aquél momento, apenas pude comprender que la desaparición de una persona, de nuestras vidas y por el resto de ellas, merecía el llanto.
En el velatorio comprobé que no se puede llorar sin ganas, pese a que mi madre me obligó a que lo hiciera, y porque todos mis primos estaban llorando, pero a mí, no me salía. Mi madre me abofeteó.

Un patrimonio exclusivo de esos años, para el que todavía no encontré razones, es el de las palabras que me mantuvieron entre sugestiones erróneas, incitándome a componer una entelequia que todavía me encuentra desorientado. La abuela solía referirse al día como uno “no católico”, cuando estaba por llover; el apego de mi madre a la religión, me hizo suponer que la lluvia tenía que ver con el mal.
Su religiosidad era tal, que un día, para congraciarme con ella, dije que vi a la Inmaculada Concepción, de la Catedral, cómo me abría sus brazos, mientras pedía que la ayudara.
Fue tal su emoción que no hubo persona, en la calle, que desconociera el milagro. Antes de abandonar el templo, buscó al párroco para que diera cuenta de la santidad que habitaba mí; el hombre me preguntó si era cierto y yo mantuve mi verdad.
Ella se fundió a la alegoría, presentándome como poseedor de un vínculo especial con las fuerzas divinas. La ausencia de mi padre, la condujo hacia especulaciones de las que jamás se apartó, y por el contrario, fue sujetándose con mayor ahínco, a una devoción falaz, para encontrar milagros disparatados que resolvieran la ociosidad de su vida.
No puedo negar que al principio también lo creí y hasta hice el intento de dedicarme al sacerdocio, pero como no hay verdades que se puedan sostener tanto tiempo, fracasé.


Recorrer la casa y sus rincones es como regresar a un pasado que se esfuerza por dominar el presente, como una muerte lenta e inevitable, que transforma lo imaginado en abstracto, impidiendo que me enraíce con el entorno, por dudas que no puedo disipar y me urgen hacia una transformación constreñida, trasluciendo la osadía de recuperar algo que no estoy seguro que haya existido.
Cuando aún puedo trasladarme a través de los olores, e incurrirme con ellos en cada circunstancia -no importa dónde- la lluvia en el rostro me conduce por estas calles de tierra, a la vez que escucho el sonido metálico que anuncia la llegada de algún vendedor que golpea la puerta y detecto el embrujamiento con el que se me impide olvidar, mientras se me expropia de cada instante.

En esos días, jamás conocí una tienda, y no fue hasta que viajé a Buenos Aires y comprendí que el mundo se extendía mucho más allá del barrio Villa Mitre, de Bahía Blanca, que supe de la existencia de lugares donde se podía comprar ropa, calzados y otros menesteres; entonces, tenía apenas ocho años.
De esos días, afirmo tras el recuerdo exiguo, que sólo había un almacén, en la que comprábamos manteca suelta, harina por kilo, pan en flauta o vino en botellas de litro. También, velas, espirales, jabón para lavar la ropa, marca “Federal”; el fluido que se utilizaba para espantar las moscas y muy de vez en cuando, algún trozo de queso y salamines; para que eso sucediera, se requería una razón especial.

Desde que amanecíamos, dependiendo del día y en distintos horarios, la casa se llenaba de visitantes que parecían ser parte de un dinamismo con vida propia. Los jueves, venía el pescador; que se anunciaba mediante un silbatazo, mientras empujaba un carro en el que llevaba pescado fresco, bajo las barras de hielo cubiertas con arpillera.
A diario, pasaba el lechero, nunca llegué a conocerlo, pero sabía que cada mañana, cuando todavía estábamos durmiendo, cambiaba las botellas vacías por las llenas, dejándolas en un canasto metálico en la puerta que daba a la calle.
Los martes, era el día del verdulero; un hombre viejo que conducía un camión aún más viejo, pintado de todos los colores posibles, que llevaba una bocina gigantesca en el techo para anunciar las ofertas y los productos de estación.

A la diez de la mañana, se escuchaba el sonido característico del “camión regador”, para obligarme a abandonar todo lo que estuviera haciendo, a fin de sentarme en la puerta de la casa y ver cómo apaciguaba el polvo de la calle, rociándolo con agua de punta a punta. No tendría ahora, razón para detenerme en el espectáculo cautivante de esos años, como sucedía en sus dos recorridas, la de la mañana y la de la tarde, a la hora de la siesta.

En el verano cuando estaba por anochecer, golpeaba el vendedor de hielo. En la casa había heladera, pero de vez en cuando, no sé por qué motivo, se le compraba una barra y media. Y la ropa, la vendía un señor al que le decían el turco, llamado Isaac; visitaba la casa una vez por mes, ofreciendo todo lo que pudiera necesitarse, desde frazadas hasta ropa interior, pantalones, polleras, camisas, sacos, alpargatas y zapatillas.
Las mañanas, eran el momento del día donde ganábamos la oportunidad de hacernos de una propina, ayudando con las compras. La casa era visitada también por el afilador, que soplaba una armónica de plástico con sonido repelente; el chatarrero, que se llevaba todo lo inservible, el vendedor de maíz para las gallinas y a veces, cada tanto, el peluquero, que vestía un guardapolvo blanco y portaba una valija pequeña, donde guardaba todos sus enseres.


Ausentarme de la casa me condujo hacia un mundo contrapuesto con los recuerdos que pelean en la intransigencia, por florecer como novedad, en una historia para la que no hallo precedentes más que en mi historia, en el enajenamiento por voluntad propia y en la evolución estigmatizada, acaso, con la dolencia.
Ahora, miro las imperturbables paredes, testigos silenciosos de la vida de esta casa, y sus rincones indemnes, que parecen invitarme incesantes, a recobrar aquellos días, a la vez que percibo cómo se disipan irremediablemente, e igualo esa desaparición progresiva, con mi muerte, o alguna parte de ella.
Los techos han bajado, los pisos ya no son de madera; brillan cerámicos que me nublan los ojos, anteponiéndose a esa parte que se ha ido.

El reflejo de mi madre, muriendo en este cuarto en el que alguna vez no quise ingresar, parece sólo una obligación, un preludio de lo que vendrá.
El mate se ha suprimido por prescripción médica, ya no se oye jugar a los niños, ya no hay fútbol, ni escondidas, ni el gallito ciego, ni sapos que recoger cuando llueve. Ahora el sonido ha sido reemplazado por el ruido insolente de la calle, la canchita de a la vuelta, es un supermercado y en el quiosco, no venden bolitas.
Ahora no está la higuera, me ataca un instinto por refrescar los higos bajo la canilla del jardín, pero el jardín no está más; ahora, no encuentro la cocina vieja, ni las bicicletas, ni aquél mundo que creí confusamente indisoluble.

Miro a mi madre en sus últimos momentos, entre los fantasmas de aquella casa que hoy es ésta, que permanecen con esfuerzo estéril en las paredes, en los escondites y en la pasividad de las horas que se extinguen, y me pregunto cómo harán mis hijos para comprender, si ya no quedan testimonios más que en los rincones volátiles que se prestan algún recreo, cada tanto, en la memoria; e imagino que también morirá una parte mía, porque todo lo que fue, hoy no existe.



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HOY, PERMÍTANME UN CLAMOR
Hoy intento hacer un canto
y que disculpe el oficio.
Que me permita el poeta
el payador y el autor.


Necesito una canción
pues la angustia que me aqueja
ha extenuado ya mis fuerzas
y me urge interpretar.

Igual, digo intentar
no es que me crea ducho,
mas si no expongo mi llanto
que es de adentro y es mucho
creo poder expirar.

Y si al levante o al poniente
me lleva este desahogo,
si a la selva o a la helada
a los confines del mundo.

No importa
no llevo rumbo.
Sólo quiero que la letra
me haga la pena borrar.
Sólo quiero que este llanto
salga como la espuma
que se queda en la arena
cuando la libera el mar.

Y si es así
y se me da en suerte
si es que venzo
en la canción.
Si es que el canto
me aliviana
y no importa
ahora o mañana
en algún puerto
me asiento,

agradezco al poeta
al payador y al autor
que en esta hora angustiante
se me consienta un clamor.

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PICOTAZOS DE MUERTE


Ángel se incorporó sentándose en la cama de modo fugaz, cautivado por una pesadilla que lo abrazó para impedirle el regreso a la vida consciente, aunque pudo vencerla. Comenzó a frotarse los ojos, pero no lo hizo para despabilarse; quiso comprobar que los mismos estuvieran en su lugar. Su cuerpo estaba húmedo y las piernas le temblaron; sintió latidos galopantes.

-¡Estoy bien!- se dijo; a la vez que comenzó a inspeccionar el resto de su cuerpo, para comprobar que ninguna de las partes se hallara carcomida como lo había soñado.
El miedo y la agitación, le impidieron salir de la cama para llegar hasta la perilla que encendía la luz.

No se oyó ruido alguno -del mundo, de los vivos-, miró hacia los costados y con la luna que atravesó la claraboya visualizó las mantas caídas; apenas se inclinó para recogerlas, quedó petrificado por el crujido espasmódico de la vieja cama, percibiendo el ritmo de los latidos que se aceleraban más aún.

No supo qué hacer. En cada rincón de ese cuarto húmedo y con olor a encierro, vio sombras que lo trasladaron hacia ese sueño atroz, transitando cada uno de los hechos apabullantes. Giró sobre sí y de la mesa de luz, tomó un vaso que contenía agua y ginebra, bebió todo lo que pudo, esforzándose para vencer el temblor de las manos.
No quiso acostarse ni siquiera tapándose hasta la cabeza como si de ese modo pudiera protegerse, para no ser dominado otra vez por esa pesadilla temible.

Quiso tranquilizarse pensando que sólo era un sueño. Respiró en silencio y sintió el rugir de su corazón en todo el cuarto. Buscó enfrentar el hecho, suponiendo que olvidando podría descansar, pero no pudo; entonces, recordó cada uno de los momentos desgarradores, y bien dicho está de ese modo.


Se encontraba en el sótano de una vivienda cercana al mar. Escuchó ruidos de olas. Estaba atado de pies y manos en una cama sin colchón. Además de las olas que golpeaban entre piedras, percibió el aleteo y piar de gallinas que confirmó cuando una de las aves, comenzó a caminar por su cuerpo que lo tenía totalmente desnudo. El animal siniestro masticó sus genitales y parte del estómago.
Otro, introdujo su arma punzante entre la carne y las uñas de sus pies, haciendo huecos inundados en sangre, dejándolo taciturno por el estupor.

Pero no sintió dolor, entendió que por algún motivo que no supo esclarecer, se trataba de un castigo que merecía.
Otro animal se le subió al rostro, dándole picotazos en la nariz; pasó por su boca mordisqueándole el labio inferior -arrebatándoselo- y se dirigió hacia sus ojos; lo miró como un verdugo, moviendo la cabeza de un lado hacia el otro, para elegir el próximo trozo de carne a victimar: primero, pasó su pico en forma suave por los párpados, para alejarse luego, a fin de tomar envión y conducir finalmente el letal impacto justo hacia el centro de la retina.

Vio la atrocidad, desde un tubo –una especie de túnel- fuera de su propio cuerpo, un espacio abstracto que no supo definir, siendo el espectador de la tortura. Sin embargo, la sangre caliente y efervescente, invadió su boca y nariz para asfixiarlo.

Otras funestas aves, se prepararon para atacar, mientras que la primera continuaba con el festín de sus partes íntimas. Todo lo pudo ver, a pesar de la horizontalidad y ataduras en pies y manos. Eran gallinas de riñas, algunas negras y otras rojas que se confundieron entre la espumante la sangre. Sus ojos eran espeluznantes, tanto como los espolones que se le hundieron en cada tramo de carne.
Intuyó el dolor, lo supuso, desde esa abstracción en la que se encontraba siendo espectador; sospechó cada desgarro, aunque no se lamentó.
De repente, tocó sus brazos y piernas en forma circunspecta, para comprobar la vitalidad de cada uno de ellos, pasó su mano por los genitales y nuevamente se tocó los ojos, y comprobó que el labio estuviera en su lugar.

Se dijo insistente y con coraje que era un sueño, mientras se vistió sin tener un motivo; tomó un abrigo y omitiendo encender la luz, dejó la habitación pra dirigirse hacia los sanitarios.
En el lavabo, se vio en el espejo con la hinchazón del rostro luego de dormir. Se refrescó y acomodó el pelo. Al salir, miró las estrellas desde la galería, en un azul oscuro y profundo.
En el resto de la casa, no se oyeron ruidos ni señales de vida desde la calle.

Caminó hasta su habitación, pensando en que no volvería a acostarse, temiendo ser dominado por la cruel pesadilla. Entonces, decidió abandonar la casa. Cerró con llave el cuarto y bajó la escalera de hierro, pisando suave para no despertar a los perros.
Al pasar por la cocina miró el reloj de la pared y vio que eran las tres de la madrugada. Cruzó lentamente el patio.


El amanecer, cautivó a la vieja pensión, con el sol radiante del verano. Frida, comenzó con el ritual de hacer de despertador con cada uno de los inquilinos que requería ese servicio. A decir verdad, no ponía demasiados ímpetus en la tarea, la figura delgada y larga envuelta en vestidos floreados que pertenecieron a otra época, no se detenía para comprobar si se habían levantado -lo afirmaba al contratar los cuartos- “sólo una vez se golpeaba; si no se despertaban, era de lamentar, aunque el sábado por la tarde, la renta semanal debía cancelarse”...

Tomó la planilla colgada de un clavo en la puerta de la cocina; estaban los que debían despertarse a las seis y treinta, los de las siete y los de las siete y treinta.
La mayoría eran empleados de una empresa constructora, que trabajaban a unos veinte kilómetros de la ciudad de Bariloche, y eran recogidos en distintos horarios por en transporte de la compañía. Los últimos en levantarse eran la maestra, que se despertaba a las ocho y treinta porque estaba de vacaciones y dos hombres que vendían pantalones a domicilio.
Terminada la tarea, resumida a un grito en cada puerta, soltaba seis perros que aprovechaban para los ladridos matinales, impidiendo que cualquier huésped pudiera continuar en la cama.

La casa era de dos plantas, frente a cada hilera de habitaciones había dos galerías que daban a un patio con baldosas blancas y negras, entre las que se encontraba una cantidad innumerable de macetas con plantas y flores de una variedad, también descomunal.
La limpieza, requería de la ayuda de una empleada, encargada de mover las macetas, un juego de mesa y sillas de hierro, un aparato para tender ropa, y desplegar un rollo de manguera que servía para lanzar agua en todas las superficies.

Esa mañana, pese a que desde la ventana de la cocina se podía tener una perspectiva completa del edificio, Frida no vio a Ángel.
El día transcurrió con la oscilación cotidiana, que era esencialmente mantener la casa en orden y perfecta limpieza, hasta la puerta de cada habitación -el interior de los cuartos, corría por cuenta de los inquilinos- limpiar la vereda, hacer las compras y preparar la comida para la noche. Cuando los huéspedes regresaban, estaba lista la planilla de los horarios en que se debían despertar al día siguiente.



Desde la cocina, se olió un guiso cuyo vapor empañó los vidrios. Algunos, comían en la pensión y otros, se arreglaban comprando trozos de fiambre para acompañar la cerveza del camino; en la casa se prohibían las bebidas alcohólicas de todo tipo y bajo cualquier circunstancia. Los más intrépidos, entre los que se encontraba Ángel, de vez en cuando disimulaban una botella entre las ropas, para compartirla una vez comprobado que "la vieja", como le decían, se hallara dormida.

Transcurrió otro día, y durante la cena, alguien preguntó por Ángel. Nadie supo responder. Frida, los miró con terror, imaginando que habría dejado la pensión sin pagar. Temió que otros pudieran seguir el ejemplo. La maestra intervino diciendo que llevaba dos días sin verlo.

– ¡No es cierto!- Irrumpió la anciana con autoridad. - Ayer lo desperté.
Uno de los hombres, preguntó si esa mañana también, y Frida, dudosa y sorprendida en sus años y memoria, no respondió, y prefirió dirigirse hacia la planilla. Efectivamente, su nombre y el número de la habitación, no se hallaban registrados.

- ¡Me debe cuatro días y cinco comidas! Exclamó la mujer, persiguiendo con la mirada a todo posible socio para el lamento.

Frida abandonó la sala y fue hacia la escalera, la acompañaron dos hombres y la maestra. Golpeó la puerta de Ángel, sin obtener respuestas. La maestra pidió calma, sugiriendo que podría llegar más tarde, otro inquilino afirmó que no lo había visto en el trabajo, y los demás asintieron con murmullos.
Entre la desesperación Frida intentó abrir, estaba con llave. Sin esperar un comentario, y ostentando la autoridad que la caracterizaba, buscó una copia.

Al ingresar, se paralizaron al ver a Ángel tendido sobre la cama, totalmente desnudo y ensangrentado por desgarros y agujeros en todo su cuerpo. La sangre estaba seca aunque fluían líquidos de uno de sus ojos arrancado, y del vientre, abierto hasta las partes íntimas que no se hallaban en el cuerpo.
El resto, era una gran mancha roja con orificios y sobras de carne rota a tirones.

Fin.

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UN POEMA

Horas de un letargo desmedido.


Horas dañinas odiosas ocultas,
crueles malditas y celosas.
Sin apuro, de mendigos,
ciegas sueltas deshonrosas.
Vacías olvidadas mentirosas.


Mortales horas sin latidos
de un tiempo acongojado y furtivo.
Horas heridas, efusivas.
Absurdas coléricas vidriosas;
me ciñen en letargos desmedidos.

Resistiré horas macabras;
vicioso, privado y excluido.
Resistiré horas vampiros
perdido y seco, olvidado del olvido.

No me asustan los silencios
ni me engullen sus victorias.
Filosas horas sin memoria,
esperaré la agonía del regreso.



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